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Domingo, 23 de Octubre de 2011 18:15

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El Primer Vuelo del Cóndor

 


 

Cuentan que en tiempos antiguos, cuando muchos animales apenas comenzaban a entender el porqué de sus atributos, una vez le preguntaron a un ave de aspecto siniestro, con muchas arrugas en la cara y cuello blanco, del porqué cargaba sin aparente utilidad unas enormes alas recogidas en sus lomos, que de vez en cuando parecía hasta arrastrar. Canqui -así se llamaba- algunas veces se pesaba por cargar con fatiga el enorme peso a sus flancos, miraba a las parihuanas elevarse con sutileza como si al hacerlo danzaran delicadamente. Luego observaría a los picaflores agitar las alas a gran velocidad para quedar suspendidos en el aire teniendo a su merced las flores de los más lindos colores. Alguna vez pensó que sus alas le podrían dar equilibrio cuando tendría que escalar alguna pendiente entre las montañas, o le serviría de contrapeso para subir a los peñascos, para ver donde podría encontrar su comida gracias a que tenía una buena visión.

Una mañana cuando ya parecía resignado a su suerte y a tener que vivir contrayendo sus enormes alas para poder caminar, decide ir a la pendiente de un Apu y probar a abrir sus alas para que Wayra –el viento- le transmita una idea de que hacer con ellas. Sin embargo, Wayra parecía no decirle nada al respecto más solo que se dejara llevar por sus ráfagas de viento. Concluyó entonces que Wayra solo le dijo “déjate llevar”. Este enorme pájaro dudó que sus enormes alas pudieran alzar vuelo y así consiguió regresar a duras penas a su madriguera. Esa noche pensó que tal vez debía liberar su mente de la duda y el miedo, y hacer lo que Wayra le habia dicho, eso de “dejarse llevar”, despues de todo que tenía que perder. -“Qué sentido tendría seguir viviendo si uno no descubre exactamente su propósito en la vida y desde luego, lo que la madre tierra nos ha conferido como atributo”, como en el caso de Canqui de poseer enormes alas.

A la mañana siguiente, armado de valor decidió buscar la pendiente más alta de una montaña y esperar alguna señal de Wayra, a fin que pudiese abrir sus alas, lanzarse y dejarse llevar. Total qué podría pasar, más bien sino era hora de experimentar, de crecer, de descubrir y de vivir. Cuando Wayra, decidió soplarle con una suave brisa en su cuello blanco, Canqui abrió sus alas y decidió saltar al vacío, se dejó llevar por las fuertes corrientes de los vientos, volando en desorden en un inicio. Cuando parecía que caería o que una fuerte ráfaga de viento lo estrellaria contra la ladera de la montaña, Canqui decidió volar con mayor confianza, descubrió que podía retener el viento, dar giros en espacios pequeños, elevarse y descender a voluntad. Pero luego descubrió que abriendo sus alas lo más extenso posible y con ayuda de los vientos lograba ganar mayor vuelo y altitud. De eso se trataba –pensó- de vivir en equilibrio con las fuerzas de la naturaleza, que hasta cierto punto lo dominan todo, pero nuestra fuerza interior debía manifestarse y armonizar con la grande naturaleza. Canqui regresó optimista a su madriguera, solo cuando había dominado todas las artes de vuelo, desde entonces podía aterrizar donde quisiera, aún en espacios estrechos y desde ya, ir a donde deseaba con el solo agitar de sus poderosas alas.

Sin embargo, aún tenía una extraña sensación, como que algo le faltaba por cumplir, pues se preguntaba de qué le serviría volar en el firmamento si no tendría un propósito claro o función que cumplir para ayudar a su entorno. Con la mente fija en descubrir su propósito decidió al alba siguiente probar elevarse al cielo, en donde ninguna de las aves había llegado jamás. Ahora disponía de las fuerza y elementos para poder alcanzar la morada de los dioses y ofrecer sus servicios como súbdito devoto. Cuando saltó al vacío solo tenía una cosa en su mente “volar alto y aún más alto”. Agitó las alas elevándose y dominando los fuertes vientos cálidos y fríos que parecían detenerse en sus alas y empujarlo como si ayudasen, sorteó las phuyukunas -las grandes nubes- del firmamento, voló y voló tanto que parecía que con sus enormes alas lograba agitar las nubes y estimular la lluvia, para luego dibujar un enorme arco iris. Luego parecía que sus alas creaban sombra y algunos extensos parajes andinos quedaban en penunbra. Cuando llegó tan alto, a los confines de la morada del Sol, todo era dorado e iluminado. Fue en las puertas de la casa de Dios Wiracocha que decidió reposar e inclinar la cabeza ante los seres iluminados que ocupan el aposento sagrado. Una voz divina le dijo. – “Muy bien Kuntur, pues desde hoy te llamarás “Kuntur”, y serás el ave del paraíso, serás la vía de comunicación con todos los seres que habitan la tierra. Tu valor te ha hecho ganar una sagrada posición entre los animales sagrados del reino. Regresa y espera el llamado del "pututo".

Desde ese momento, Canqui supo que en adelante sus descendientes se llamarian Kuntur, como él, nombre asignado por los dioses. Kuntur Canqui sería el ave más grande sobre la faz de la tierra y de vuelo más alto, un súbdito de los dioses con propósitos trascendentales, su misión serviría de nexo entre el mundo celestial de los dioses del Hanak Pacha y el mundo de los hombres.

 

 

 
AMESA - Associacio Ment Sana Alcasser (Valencia)