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Escrito por Administrator   
Lunes, 15 de Diciembre de 2014 08:42

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El Portero Del Prostíbulo

(Adaptación del original de Jorge Bucay)


Había un hombre que trabajaba de portero de un prostíbulo. En esa época era el trabajo peor pagado de todo el pueblo. Este hombre trabajaba día y noche largas horas para poder alimentarse. Estuvo casi 20 años en ese mismo lugar, hasta que un día cambiaron de jefe. El nuevo dueño, que poseía nuevas ambiciones, le propuso al portero que anotara en un papel cada día el número de personas que entraban, la edad de cada uno, y las posibles quejas o sugerencias que tuvieran, siempre con el fin de mejorar. El portero, al recibir esta nueva tarea, le respondió:

– Señor, yo estaría encantado de poder hacerlo, pero yo soy analfabeto y no sé leer ni escribir.

A lo que el responsable del negocio, le respondió sin miramientos:

– Lo siento mucho, pero estás despedido. No nos podemos permitir tener a alguien que no sepa leer ni escribir, requerimos de mejoras y, como comprenderás, esto no lo podemos permitir. Lo sentimos mucho, que tengas suerte. – Y así, sin más, lo despidieron.

Este buen hombre, tantos años trabajando, haciendo siempre lo mismo y para la misma empresa, se paró a pensar, y se le vino el mundo encima. Totalmente hundido se dijo a sí mismo:

– ¿Dónde voy ahora yo sin saber leer ni escribir y haciendo siempre lo mismo?

Al poco tiempo, cierto día recordó que cuando estaba en el prostíbulo, de vez en cuando arreglaba alguna cama que se había roto, alguna puerta que estaba descolgada y que se iba apañando medianamente, aunque no fuera su trabajo principal. Pensó que quizá podría dedicarse transitoriamente a esto, arreglar cosas a la gente del pueblo, hasta que encontrara un trabajo. Siguió dándole vueltas a sus posibilidades y vio que necesitaba hacer algunas compras porque no disponía de todas las herramientas.

Continuó pensando y planificando, y se acordó que en el pueblo no había ferretería, con lo que tenía que andar largos kilómetros hasta llegar a la ferretería más cercana, situada en el vecino pueblo, que era algo más grande y disponía de más comercios. Se dirigió camino arriba hacia la ferretería y, una vez allí, explicó su situación al dependiente, el cual tomó buena nota de los planes del antiguo portero.

Poco a poco, al igual que en la ferretería, la gente del pueblo se iba enterando de que este señor iba andando a la ferretería de la localidad vecina. Se daba el caso de que muchos de los vecinos no tenían tiempo para ir al pueblo de al lado, donde había más comercios y negocios, a otros se les hacía pesado o no siempre tenían ganas. Y entonces algunos vecinos y conocidos le empezaron a proponer algún encargo para comprar alguna herramienta o incluso otros artículos en otros establecimientos. A cambio ellos le pagarían una propina por cada viaje que él hiciera.

Algunos meses después, el antiguo portero ya no sólo arreglaba aquello que los vecinos le pedían, sino que también recogía herramientas y otros artículos por encargo, ganando bastante dinero extra gracias a estos largos paseos. El boca a boca hizo que este hombre al cabo de unos cinco años creara la primera ferretería en su pueblo. Después de todo su trabajo y esfuerzo, se especializó en las reparaciones y el mantenimiento y su negocio empezó a prosperar a una velocidad de vértigo. Años más tarde su negocio se convirtió en el más importante del pequño pueblo, atrayendo incluso a personas de otros pueblos cercanos.

El antiguo portero había pasado ya a ser conocido y llamado como el ferretero del pueblo. El hombre había incluso creado empleo y disponía de un empleado hacía algún tiempo, lo que le permitía moverse con libertad y acudir también a las casas de los vecinos a hacerles reparaciones. Ya no debía pasar todo el día en el taller y disponía de más tiempo.

Fue entonces, un día cualquiera, cuando el ferretero decidió donar parte del dinero que había acumulado para que se construyera una escuela infantil en su pueblo. Un acto de enorme generosidad, ante el cual el alcalde acudió a visitarle para agradecerle enormemente lo que había hecho, en nombre de todo el pueblo. Construída la escuela, el alcalde programó un sencillo acto donde propuso al noble ferretero que firmara en el libro de honores, el cual se exhibiría en una vitrina en la escuela como reconocimiento de su labor, para que además de dar constancia de lo que había hecho, pudiera dejar su huella con unas palabras, que todos pudieran leer por siempre.

El hombre, se quedó parado, pensando por un momento, y le dijo:

– Agradezco enormemente que quiera que escriba unas palabras, pero yo no sé escribir… ¡soy analfabeto!

El alcalde, perplejo, le respondió con incredulidad:

- No me puedo creer lo que está diciendo. ¡Me pregunto qué sería usted si hubiera sabido leer y escribir con lo que ha liado en el pueblo con sus acciones!

El hombre, sin dudarlo por un momento, humildemente le respondió:

-Eso sí se lo puedo decir yo. Si hubiera sabido leer y escribir, sería portero de un prostíbulo.

 

 

 
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